La ruta del plástico

‘¿Qué pasa si los obreros no pueden entrar en la planta?’ preguntó Milagros, refiriéndose a la piquete del año 2000.

Silencio entre los estudiantes. Por fin una chica se atreve: ‘¡No nos contaminan!’

El 20 de agosto de 2000 se produjo un escape de cloro de la planta de Solvay Indupa en Ingeniero White. Durante 25 minutos una nube amarillenta corrió sobre el más grande polo petroquímico de la Argentina (foto). ¡Qué suerte que el viento soplaba hacía el mar! Porque normalmente hay vientos contrarios — hacía la ciudad con millares de habitantes. Nueve días después, hubo otro escape de amonía de la planta Profertil. Un grupo de unos 400 habitantes organizó un piquete que duró un mes y medio, a costo de no sé cuantos millones de pesos. Exactamente la plata que las empresas del Polo no quisieron invertir en medidas de seguridad para los obreros y la población.

Ayer el 21 de abril de 2011, fuimos con un grupo de docentes y estudiantes  de la escuela Mosconi para recorrer La Ruta del Plástico. Pasamos a lo largo de las fábricas, mirando las plantas, las vallas, los tubos cuasi infinitos, el fuego de los “fósforos” (como dicen los chicos, hablando de las chimeneas), pero también las casas del Barrio Vialidad con sus campos deportivos y sus grafiti fantásticos. En cada lugar nos detuvimos para saber donde estamos, qué pensamos, qué sentimos, cómo aprender un poco más sobre esta presencia imponente que ha cambiado todo para los whitenses. Los chicos contaron los ruidos que hacen temblar las casas, que animan los habitantes a abrir las ventanas para saber lo que podría ocurrir. Una experiencia impresionante, conmovedora, de confrontación crítica con una realidad extranjera en el territorio donde uno vive.

Franco, cuyo casa está a 112 pasos del Polo

Esta caminata organizada por el Museo del Puerto suponía un taller previo en que los estudiantes establecieron el itinerario sobre un mapa de su barrio, para ver de cerca lo desconocido y relacionarlo con el ambiente de todos los días. El Polo es una vasta aglomeración de instalaciones industriales, donde se produce polietileno, PVC y fertilizante. Encontramos allí un viejo enemigo: Dow Chemical, una de las corporaciones estadounidenses que, como Monsanto, tiene una cultura corporativa verdaderamente nefasta. Como nos explicó Christian, pocos habitantes de White trabajan en el Polo. No por falta de capacitación, porque hay una escuela técnica con especialización petroquímica. No, es más bien que este tipo de producción por flujos continuos y procesos automatizados, tan tóxicos para el ser humano, no puede llevarse a cabo sin un menosprecio sistemático del entorno económico, ambiental, cultural y histórico.

Hay un contraste destacado con la fábrica Indular (ex Gatic) en Colonel Suárez, donde más de 4000 personas ganan su vida por la fabricación de las zapatillas que adornan los pies de los ciudadanos. No obstante el carácter cansador, penoso y aburrido de los trabajos, nos sorprendió la atmósfera de paz laboral en la fábrica, la falta de puertas cerradas y cámaras de vigilancia (seguramente hay más de lo que hemos visto). Fabricar objetos de uso cotidiano, ganarse una vida digna, esto tiene sentido. Claro, habrá en esta fábrica insumos que vienen del Polo o de instalaciones similares en algún rincón de la planeta (pongamos, la China). Pero decir que para que exista una vida digna, hay que suportar indignidades como el Polo, es mentira. Lo que falta a los multinacionales es el cuidado del territorio. Se puede vivir bien sin matar todos los peces de la ría.

 Christian, trabajador y piquetero del Polo

Conversé con Christian, que vive aquí desde siempre. Es un hombre con mucha experiencia industrial y mucha conciencia ambiental — uno de los que hicieron el piquete de 2000 — que trabaja actualmente en la planta de purificación de agua de Bahía Blanca. Explicó lo que pasó al momento del escape; explicó también como los cambios del barrio. De verdad, las cosas van mejorándose. Como muchas otras personas, dice que la gente ha recobrado el sentimiento de la implicación política, con todo que esto supone de perspectivas volcadas hacía el futuro. El uso de drogas duras ha disminuido en el barrio (aunque la hoja simpática de la mariguana sigue siendo su símbolo, pintado sobre todos los muros). Los estudiantes hablan de la relativa tranquilidad de esta época, sin los tiroteos (tal vez medio míticos) de los años pasados. Un cielo azul, un sol muy fuerte. Esto fue la caminata de la Ruta del Plástico.

Llegamos por fin al Museo del Puerto, para tomar un buen trago de agua fresca y comer pizzas estadísticas. ¡Excelente, esta mezcla de sabores y saberes! Y muy rico, el proceso de recorrer colectivamente la historia del presente. En una sala del museo que se dedica a la navegación, hay una grande rueda de barco, y adelante de ésta, una brújula montada en una caja con vidrio transparente. Un cartel dice que esta brújula se llama “el ojo del marinero”. Me parece que el Museo, con su función de informar, su afán de investigar y su generosidad de compartir, es o puede ser el ojo del ciudadano, una ayuda preciosa para navegar a través de tanta niebla. Mantener abierto este ojo es una necesidad de las más urgentes — y un placer para todos.

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