Country Europa

Centro Penitenciario, Murcia, España

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En noviembre de 2009, el colectivo de artistas/curadores Chamber of Public Secrets (CPS) nos hizo llegar a Buenos Aires una invitación para participar en la Bienal Europea de Arte Contemporáneo Manifesta 8, que habría de tener lugar a finales de 2010 en la Región de Murcia. El encargo consistía específicamente en realizar una intervención artística en un arquetípico espacio segregado y protegido: una prisión.

Marcelo Expósito y Verónica Iglesia respondimos con la propuesta de un proyecto más general que enfocaría diversas tipologías contemporáneas de segregación espacial, división fronteriza y control del tránsito de personas, basadas en la articulación simultánea de diversas lógicas securitarias. Nuestra intervención en la prisión de Murcia —que adoptaría la forma de un taller fotográfico en el que, efectivamente, participaría un grupo mixto de internos e internas— no sería sino una pieza en el conjunto de un engranaje mayor; la cual, si bien gozaría de una autonomía como trabajo colectivo singular, habría de mostrarse no obstante yuxtapuesta a otros componentes de un proyecto más general.

A la hora de pensar cómo tratar el asunto de la extensión y la articulación actual de las lógicas securitarias, y su proyección en nuevas formas de división espacial y sistemas de fronteras, nuestro proyecto no quería recaer en el análisis distanciado y objetivador de un punto de vista externo que emite una crítica desde una posición inmaculada. ¿Acaso sería posible tratar —nos preguntábamos— la manera en que la segregación geográfica contemporánea materializa nuevas formas de fragmentación social y da lugar a nuevos modos de control sobre la movilidad de las poblaciones, sin poner en primer plano o sin someter a escrutinio nuestra propia experiencia como sujetos también conformados y atravesados por tales dinámicas?

Cables y alambres

Tejedores de redes en la sociedad de control

Ensayo para el proyecto "Country Europa"

Unos amigos me invitaron hace poco a una barbacoa al aire libre en su nueva casa, un antiguo taller de reparación de máquinas elevadoras sito en un distrito industrial y residencial del centro de Baltimore. Acabábamos de terminar un seminario sobre las finanzas electrónicas y la crisis a cámara lenta del capital global. Los últimos rayos del sol destellaban en las alambradas, nubes plateadas de un ciclón incrustado en las vallas erigidas por los comerciantes para proteger su bienes. Algo más tarde, cuando la bebida circulaba ya tan fluida como la conversación, unos helicópteros de la policía acudieron con sus reflectores a rastrillar el gheto circundante. Es la rutina de Baltimore, me dijeron. Y nuestra conversación volvía a centrarse una y otra vez en el nuevo hogar de mis amigos y en qué sucedería con este lugar, en si acaso el futuro de los activistas comunitarios podría ser diferente de jugar el papel de “pioneros urbanos”, o si quizá no puede ser otro el destino de los reconstructores blancos de barrios negros despedazados. Los distritos gentrificados del centro de la ciudad se sitúan poco más allá de donde estábamos, al otro lado de los puentes de la autopista.

Los enclaves lujosos rodeados de vallas de seguridad y con entradas protegidas por guardias son un rasgo omnipresente de los escenarios urbanos y suburbanos contemporáneos. Pero en lo que quiero centrarme ahora no es en ese paisaje material de privilegio, sino en los paisajes mentales donde las brillantes alambradas se mezclan intermitentemente con la luz pulsátil de las redes de comunicación. En la década de 2000, la gran historia de amor del nomadismo digital desembocó en la ambivalente consciencia del nuevo tipo de precariedad a la que se enfrentan hoy los sujetos productivos, las multitudes postmodernas cuyos deseos se suponía que habrían de tramarse libremente con la maraña planetaria de cables de fibra óptica. El colapso de la propiedad inmobiliaria ha desencadenado una nueva ola de pioneros urbanos independientes, que sienten con toda intensidad cuáles son los límites económicos y existenciales instalados en este “espacio liso” de la globalización financiera. Las redes se han afilado como cuchillas en esta época. Las zonas de inclusión y exclusión que esas redes definen son tan ágiles, móviles e hiperindividualistas como los mundos del riesgo calculado que también configuran. En mi cabeza resuena la pregunta de si se pueden crear espacios comunes en ese paisaje de dominios privados y señales aisladas y entrecruzadas.

Merece la pena recordar cómo se ha llegado a esta conciencia ambivalente, porque el desarrollo de las mentalidades, como también el de las tecnologías, depende no sólo de las circunstancias sino también de los caminos que se decide tomar. Las mentalidades se encapsulan en formas ideológicas, pero se basan en las decisiones relativamente arbitrarias que se adoptan al inicio, cuando se tienen enfrente varios horizontes posibles. Hace una década, en un texto que titulé “La personalidad flexible”, intenté desandar los pasos del proceso en el cual, mediante giros sutiles, los valores contraculturales de las décadas de 1960 y 1970 ―con su énfasis en la espontaneidad, la creatividad, la cooperación, la diversidad y la apertura a toda experiencia presente― se fueron naturalizando como atributos deseables de una fuerza de trabajo empresarial capaz de producir beneficios a partir de las recombinaciones lingüísticas que caracterizan la economía del conocimiento. Lo que surgió después en los años ochenta y noventa, como una especie de formación de compromiso entre la crítica cultural y las necesidades empresariales, fue un ideal-tipo del trabajador intelectual y afectivo, inteligente, amistoso, móvil, conectado, inventivo; nominalmente autónomo, aunque en realidad estuviera atado a una infraestructura digital que posibilita tanto intensificar la productividad como imponer una ubicua vigilancia on-the-job. Por supuesto que el trabajador flexible era también un consumidor voraz, sobre todo de tecnologías informáticas de red sobre las cuales se fundaba la “nueva economía”.

Esta figura del prosumidor flexible era una cuidadosa creación de los empresarios y los publicitarios; aun así, fue deseada con ardor y vivida con pasión por miles, más tarde por millones de personas que ya no querían seguir aceptando la combinación de disciplina, restricción e hipocresía que requirió formar generaciones de trabajadores industriales y administrativos. Los gestos escandalosos de los años sesenta ―particularmente en el dominio de la sexualidad, la expresión personal y la excentricidad cultural― se volvieron significantes codificados en una jerarquía simbólica de poder económico en la que la “creatividad” era la fórmula mágica, la llave que abría cualquier puerta, como una figura de mediación entre el concepto empresarial de innovación y la imagen bohemia de la libertad artística.

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Oficinas de Manifesta 8 en Murcia
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En una economía high-tech con mercados de consumo sofisticados, la creatividad empresarializada era directamente productiva en campos como el diseño, la producción de imagen, la publicidad y el entretenimiento, tal y como los autonomistas italianos comenzaron a observar a mediados de los noventa. Aun así, esta productividad directa ―que es la base híbrida, teóricamente incontrolable de lo que Toni Negri llama “ontología del trabajo vivo”― era sólo una parte de la imagen. Al inicio del boom de la globalización, la creatividad individual era también el signo anunciador de ganancias potenciales; el equivalente, en capital humano, de una patente prometedora, de unas acciones en bolsa “calientes” o de una compañía start-up. “Ser creativo” era poner en escena este potencial humano para disfrute de la mirada especuladora, al igual que un modelo desfila en la pasarela o un joven pintor cuelga su obra en una céntrica galería de arte. La teoría queer que sigue las ideas de Judith Butler maneja la noción de performatividad para definir una singularidad corporeizada, dotada de carga ética y, al mismo tiempo, perversamente escurridiza, abierta a un devenir múltiple. Pero la performance de la subjetividad adquirió un valor completamente nuevo al verse protegida bajo el invernadero de la globalización financiera, dado que en ésta las manifestaciones culturales se convierten en el significante de un posible valor monetario. Se hizo cada vez más evidente que las oleadas de inversión inmobiliaria podían transformar núcleos urbanos enteros, inmersos en plena decadencia industrial ―como Manchester o Buenos Aires― o empantanados en el crimen y el subdesarrollo ―como Río, Bambay o Lagos―. Y es entonces cuando las élites locales comenzaron a cultivar con atención esa flor de invernadero, mediante el procedimiento de transformar determinados distritos habitados por tentadoras criaturas exóticas. Una vez allí instaladas, unos pocos adornos chillones de arquitectura postmoderna proporcionaban el escenario urbano en el que habrían de tener lugar una serie potencialmente infinita de performances especulativas, mediante las cuales las subjetividades aspirantes buscaban alcanzar la tremenda riqueza virtual que fluía a través de los circuitos informatizados del intercambio comercial global.

El crash que la nueva economía sufrió en el año 2000, seguido del crash terrorista contra las torres del World Trade Center, pusieron fin al primer ciclo especulativo de la era globalizada. Un ideal-tipo diferente ―el oscuro doppelgänger de la personalidad flexible― surgió de las cenizas y ha seguido evolucionando hasta el presente. Esta nueva figura es el “guerrero supercapacitado”, encumbrado por los comandos de Al Qaeda, y que tomó cuerpo hace tiempo en las figuras de los agentes de los servicios secretos anglo-estadounidenses, los mercenarios hi-tech y las tropas de las fuerzas especiales del ejército durante las campañas militares de Irak y Afganistán, cuyos equipamientos, presupuestos y misiones, así como las instituciones que los apoyan, han experimentado una tremenda expansión en el curso de la década pasada. Esa misma década fue testigo del boom industrial de todo tipo de sistemas de seguridad imaginables, tanto para aplicaciones militares como también para usos empresariales y civiles. Aún más inquietante resulta el hecho de que el diseño de vehículos urbanos dirigibles a distancia y robots armados empezase a alcanzar el nivel de la producción para entonces ya extendida de aviones sin piloto. Las máquinas y los seres humanos eran ahora elementos perfectamente integrados en un sistema maquínico flexible que no opera sobre la base de los deseos, sino de órdenes codificadas. Las subjetividades maleables y apetitosas de los años ochenta y noventa están en las antípodas de esta renaciente disciplina del guerrero, a la que ya no animan solamente las señales fluctuantes de las tecnologías cibernéticas, sino que está totalmente obsesionada con alcanzar de una manera implacable los blancos que le son programados.

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Madre e hijo —aún por nacer— "peligrosos" viajan entre Argentina y España
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Al comienzo de las guerras de la era Bush, los teóricos tanto de izquierda como de derecha comenzaron a proclamar el advenimiento de un nuevo imperialismo, acompañado de una profunda reestatización de la economía que habría de llevar al olvido la fiebre financiera cosmopolita. El péndulo parecía haber oscilado del trabajo inmaterial a los pies en el suelo, o de un flamante electrocapitalismo a, de nuevo, el viejo capitalismo expropiador y extractivo. No obstante, como sabemos, la interrupción del boom especulativo fue sólo temporal; los mercados de valores se lanzaron pronto a una enloquecida carrera, y durante la fase de la “megagentrificación”, entre 2003 y 2008, la conexión oculta entre la base sólida del suelo urbano y las abstracciones de las finanzas virtuales se hizo obvia para todo el mundo. No menos obvia resultó ser la violencia con la que los deseos estéticos y las aspiraciones adquisitivas de millones de performers precarios pueden hacerse añicos en un abrir y cerrar de ojos, mientras que los cyborg-traders financieros siguen barriendo, como crupiers en la mesa de juegos de un casino donde la banca siempre gana. Pareciera que la tendencia oportunista y expansiva del capitalismo contemporáneo albergara en sí un doble depredador que va devorando a contracorriente la riqueza que produce. ¿Cómo entender este principio aparentemente contradictorio que ha gobernado la economía política global en el curso de la pasada década?

Podríamos encontrar una respuesta en el concepdo de “dispositivos de seguridad” que introdujo Michel Foucault en fecha tan temprana como 1978, en Seguridad, territorio, población, el primero de sus dos cursos sobre la genealogía del neoliberalismo. Al examinar el tratamiento que en el siglo XVIII se daba a las plagas, a las hambrunas y, sobre todo, a la circulación urbana, Foucault descubrió una lógica muy diferente de aquella de las instituciones disciplinarias que habían sido su preocupación durante los años iniciales de la década de los setenta. De lo que se dio cuenta, justo antes de la llegada de Thatcher y Reagan al poder, es de que podemos encontrar los fundamentos de un arte liberal de gobierno en los análisis estadísticos de la población en libertad, cuando ciertos comportamientos libremente elegidos (por resultar placenteros, provechosos o saludables) se ven reforzados mediante la creación de regulaciones e infraestructuras diseñadas para permitir que tales comportamientos se expresen en formas purificadas y optimizadas. Así, el tránsito rodado en una ciudad no se debería restringir ni constreñir en nombre de la disciplina o del mando soberano, sino que, en lugar de eso, se debería fomentar su fluidez siendo canalizado discretamente hacia las pautas que generen la mayor cantidad de beneficios comerciales, permitiendo así una dinámica clara y predecible de crecimiento urbano. Las desviaciones de este patrón de comportamiento no se deberían castigar sistemáticamente, sino más bien analizar cuál es su grado de disrupción con el fin de ignorarlas si resultan intrascendentes. Sólo se prohiben los comportamientos directamente dañinos, reprimiendo a sus autores, no sobre la base de principios morales o ideológicos, sino de acuerdo con criterios estrictos de funcionalidad y contabilidad. El objetivo del gobierno liberal no es castigar, transformar o salvar a los individuos, sino sencillamente “reducir las normalidades más desfavorables y desviadas en relación a la curva general de normalidad”.

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"Countries" (barrios cerrados) de Argentina
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Foucault llega tan lejos como a decir que se equivocó al afirmar, años antes, que las disciplinas eran el “lado oscuro” coercitivo de las libertades de la Ilustración, los mecanismos efectivos del poder bajo la superficie idealista de la teoría liberal. En lugar de eso, ahora sostenía que “la libertad no es otra cosa que un correlato del despliegue de los dispositivos de seguridad”. Esta afirmación paradójica, formulada con extrema ironía, se ha visto verificada en la lógica del paradigma policial que han introducido las campañas antiterroristas de la era Bush. Esa lógica se extendió de manera inmediata, con frecuencia a través de las compañías de seguridad privadas, hasta llegar a abarcar todo tipo de perfiles “desviados”, en una caza de brujas racionalizada que ha llegado a representar por sí sola un significativo sector económico. El control como tal es una industria creciente, un patrón que ha de ser optimizado. Lo que Foucault no llegó a prever es cuán cancerígeno llegaría a ser este patrón en nuestra época, ahora que el “arte de gobierno” neoliberal ha entrado en crisis. Porque, al mismo tiempo que las operaciones militares y policiales se multiplican, las estrategias financieras depredadoras ―que también dependen del análisis de patrones estadísticos en la población― se vuelven igualmente invasivas, generando la ruina económica de las antiguas clases medias y precipitando a cada vez más individuos hacia posiciones de potencial desvío, por lo cual requieren ser controlados policialmente. Sobrecoge la propagación casi instantánea de este círculo vicioso a través del mundo conectado en red, con sus consecuencias profundas para las multitudes de individuos afectados. Con cada nuevo estallido del caos en los circuitos de intercambio, se intensifica el sentimiento doloroso y paradójico de estar atrapados en las alambradas de un flujo electrónico, hasta el momento en que la empedernida ideología empresarial estalle, esparciendo en el caos sus componentes humanos aislados.

En los momentos de caos, pánico y desorden, cuando fracasan las identidades hegemónicas, la pregunta ¿qué podríamos mantener en común? se vuelve intensamente política. Tal pregunta acucia ahora a los trabajadores en red precarios, cuya movilidad física y social los lleva a entrar en contacto tanto con las finanzas depredadoras como con la insanía racionalizada policial y militar, especialmente ―aunque no sólo― en las fronteras internacionales. Para los artistas y “creativos” que se encuentran en las inmediaciones de esos lugares, lo que ahora importa no es explorar la hibridación productiva ni ―menos aún― la creatividad personal. El potencial ontológico del trabajo vivo puede ser también fácilmente canalizado, “optimizado”, vuelto contra sí mismo. Lo que, en cambio, adquiere importancia son los procesos de resubjetivación ―es decir, otra modelación de sí― mediante la producción de solidaridades, o al menos de intercambios culturales experimentales que atraviesen las divisiones de clase, raza, nacionalidad, y el resto de las barreras de rango y privilegio que se han visto multiplicadas en años recientes. Los proyectos en los que participan Marcelo Expósito y Verónica Iglesia ―y también otros como los de Baltimore Development Cooperative, a quienes me refería al comienzo― pueden ser observados bajo esta luz. Dotados de un caluroso espíritu de generosidad y una aguda conciencia de las contradicciones que se deslizan en las posiciones que adoptan, hay miembros de las antiguas clases medias que ahora trabajan en los intersticios de los territorios urbanos fracturados y en los patrones laberínticos de la circulación bajo control que nos han sido legados por el gobierno liberal (ahora en serio declive). Qué caminos se tomen a través de estas ruinas es una decisión que ya no depende de los modelos forcluidos del pasado, sino de las condiciones para cooperar, pero que en el presente son frágiles pero constituyen posibilidades abiertas. Como si la utopía de otros mundos posibles sólo pudiera ser construida mediante el conocimiento existencial de los lugares reales y de la gente que los habita.

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Taller de fotografía con internos e internas del Centro Penitenciario de Murcia
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Las imágenes son de Marcelo Expósito and Verónica Iglesia

Manifesta 8,  Murcia – 7 octubre 2010 – 1 enero 2011



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