¿Cómo percibirlo?

las fotos son de Claire Pentecost - cliquear para agrandir

Se dice que en el pasado, Rosario fue conocida como la “Chicago Argentina”. Ambas ciudades simbolizan la economía agrícola industrializada, son los “granjeros del mundo”. Pero hoy en día, a Rosario como a Chicago, el centro ciudad no tiene nada que ver con la producción cerealera. La geografía simbólica es una mera imagen, una oportunidad comercial y cultural. Para explotarla, la municipalidad ha construido una extensa zona turística al largo del antiguo puerto en la ribera del Rio Paraná, con agradables paseos, museos, bares y restaurantes, donde se come pescado al aire libre. Lo hicimos de muy buena gana — después de haber tentado de ver lo que es el puerto actual, fraccionado en una serie de instalaciones gigantescas al lado de la carretera, a unos veinte-treinta kilómetros al norte.

Fue muy curioso encontrarnos nuevamente en el puerto municipal de San Martín, con su viejo muelle y sus pequeños edificios públicos. Hace seis años Claire y yo nos paramos aquí un rato para mirar los inmensos buques pasando por el río. A la época, estando en coche, fue casi imposible ver la actividad del llamado “Complejo Portuario San Lorenzo-Puerto General San Martín”. Todo se escondía detrás de la vallas de las grandes multinacionales. Hay tantas vallas, barreras, zonas prohibidas, con las cuales el poder económico suele hacerse invisible. Pero hay una manera de esquivarlas, aunque no de las más simples ni de las más accesibles. Mediante la generosidad de un contacto local, proporcionado por Mauro, tomamos una lancha y vimos el puerto desde las aguas del río.

Rosario existe a cause de esta actividad portuaria ahora escondida. Se trata de un puerto de agua profunda: con 34 pies garantizados por el ente administrador, los Panamax de ultramar llegan hasta aquí, donde barcos de trasporte fluvial y millares de camiones esperan para cargarlos con soja, aceite, maís y trigo. Hay también fábricas para la producción de fertilizante, refinerías de gasolina, y un tubo que escupe mineral de cobre desterrado en la provincia de Catamarca. Los camiones hacen la cola en grandes “playas” donde los chóferes suelen pasar la noche durante la temporada de la cosecha. Pero el continente también espera: otros barcos cargados de mercancias van navegando hacía Paraguay; el nivel del río se regula por ripresas brasileñas. En la mentalidad empresarial, Rosario está al centro de dos ejes transnacionles, la “Hydrovía” y el muy soñado “Corredor Bioceánico” (todavía medio imaginario, ver carta). Es impresionante ver los elevadores de granos desproporcionados, las cintas transportadoras corriendo por todos lados, los nubes de polvo amarillo subiendo de las bodegas de los barcos, y de aquí para allá, unos minúsculos asentamientos de pescadores a ras del río, rodeados de árboles para protegerse del sol y sin duda, de la mirada metálica de los inmensos cascos que van pasando por alli.

Estamos al punto mismo de la desterritorialización, a esta franja incierta donde la tierra y el agua se mezclan y el sol del campo como el sudor del trabajo se disuelven en el fluir del comercio. Se dice algo semejante de las salas bursátiles, donde el valor se cree y se desvanece en un abrir y cerrar de ojos; pero estamos aquí al lugar material del destierro, frente al encuentro físico de la proximidad y la distancia, donde los flujos se miden por toneladas. Tenemos los ojos pegados sobre las naves, y las orejas abiertas. Parece que hoy en día, los marineros son chinos y filipinos y tailandeses y ganan uno 1500 dólares por més. Faltan 24 días para navegar hasta Europa, 40 para la China. Barcos como éste que nos trae ahora vienen hacía ellos con abastecimientos, repuestos e incluso mujeres; todo se compra y se vende, y después, ellos se van. Sus huellas se ven por todas partes. El flujo condiciona lo fijo; la tierra tan sólida y obstinada se conforma a las ondas del mar. Rosario tal y como se conoce depende de lo que desaparece del puerto.

Este lugar nos habla a voz alta de la economía globalizada, y de la situación actual de Argentina. Impresionante, cuán poca gente trabaja en las grandes instalaciones. Las decenas de millares de trabajadores del antiguo puerto han quedado allí, en la zona turística, pero ya no son trabajadores, son gente de clase media, o precarios que sueñan con destinos mejores. El puerto es mecanizado, automatizado; los enormes buques funcionan con tripulaciones de unas 25 personas; el camionero aislado detrás del volante se sustituye a la masa proletaria de las fábricas. Y los pescadores que venden a los restaurantes viven otro mundo al interior de este mundo. Para entender la ciudad, hay que venir al puerto, porque la riqueza que mueve a todo el mundo se concretiza aquí, a la franja activa de la desterritorialización. La economía exportadora (y las venas siempre abiertas de América Latina) se conforma a la vida del puerto, donde justamente hay muchas máquinas y poca vida. Pero hay una intensidad muy fuerte, casi secreta, muda como las toneladas de grano, salvaje como el metal y el fuego, y tán lista como el agua que va corriendo al mar.

¿Cómo percibir una ciudad contemporánea? ¿Cómo percibir las relaciones ciudad-campo? ¿Y las relaciones ciudad-mundo? ¿Dónde entra la escala de la nación, y cúando se acerca a la escala íntima? El azar (o tal vez es el deseo) nos atrajo al puerto, antes de llevarnos más lejos, hacía el interior. Hemos empezado con lo que desaparece: el trabajo, el grano, los barcos, el agua que es siempre diferente y siempre lo mismo. El puerto es algo como el umbral de una sociedad contemporanea, la zona de interface. Habría que dar varios pasos más, pero lentamente, sin saber quien los puede dar, ni como. No se trata exactamente de geografía, sino de sentido. Habría que tramar una percepción a múltiples sentidos, una percepción realmente colectiva — más allá de cada uno, e incluso de “nosotros”.

2 Responses to “¿Cómo percibirlo?”

  1. pintorarabiosa Says:

    Algo personal. Anécdota? Hace 4 años, caminando cerca de Paraguay y Córdoba, en Rosario, por supuesto, mi ciudad natal, escuché que alguien preguntaba ” Do you speak English ?”. Miré y cuatro personas me miraban. Contesté ” I do “, e inmediatamente uno de ellos, explicó? ” We are Muslims “. And ” so?” respondí…
    Me preguntaron acerca de una parrilla que estaban buscando. Cerca del río, con nombre, alguien les había recomendado ese lugar.
    Comenzamos una charla larga, parados allí.
    Eran el capitán de un barco carguero, el ingeniero de a bordo y sus respectivas esposa. Jóvenes los cuatro, de Estambul.
    El barco “Clipper Breeze “, con químicos destinados a Cargill, estaba atracado en Puerto San Martín. Esperando turno.

    Nos convertimos en grandes amigos, nos comunicábamos por celular ellos cumplían su Ramadán, que finalizaba. Me invitaron al barco.
    Estuvieron varios días más. Nos vimos todos los días. Estoy invitada a sus casas de Estambul, viaje que está pendiente, por ahora. Pero allá iré a verlos y disfrutar de esa hospitalidad tan espontánea. Verdaderos amigos.
    Por supuesto nos comunicamos por email. Ahmet y su esposa han tenido un hijo. De dos años ya. Bello, también tengo esas fotos, de felicidad.
    Algo quedó en mi cabeza, cuando me contaron la situación de discriminación cuando viajan a algún puerto en Estados Unidos ( ellos no usaron esta palabra). La tripulación estable del Clipper B. es de 16 personas, aparte de ellos cuatro.
    Al entrar a puerto estadounidense esos 16 tripulantes, ellos cuatro están exentos, no pueden tocar tierra. No deben bajar del barco.
    Son musulmanes.

    • Brian Holmes Says:

      Estados Unidos tiene infínitos problemas. Quien lee este blog verá que dedico mucho tiempo a esto. Efectivamente, da rabia.
      Tratamos de superar el racismo histórico, elegimos por eso a Obama. Pero quien dice imperialismo, dice racismo estructural. Hay que seguir combatiéndolo. Gracias para el comentario.

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